-
El Banco Central elevó los encajes al 53,5%, forzando a los bancos a financiar al Tesoro y eliminando el crédito al sector privado
-
Los balances muestran caídas de hasta 80% en las ganancias de las principales entidades, mientras crece la desconfianza y la incertidumbre
- Tradicionales entidades financieras presentaron balances a la baja
El Gobierno del presidente Javier Milei decidió tensionar al máximo su relación con el sistema financiero de la Argentina. La suba de encajes al 53,5%, el mayor nivel en casi cuatro décadas, se convirtió en el detonante de una confrontación sin diálogo con los bancos, que fueron obligados de facto a financiar al Tesoro, en detrimento de los incipientes instrumentos de crédito que habían comenzado a ofrecer al sector privado.
El desconcierto y la ausencia de diálogo con las autoridades agravan el clima de incertidumbre, mientras se debate una idea idea que seduce al presidente argentino: instalar una suerte de “Banca Simons”, en la que la totalidad de los depósitos de los clientes quedan inmovilizados, con encaje forzoso del 100 por ciento, de manera tal que no pueden ser represtados por los bancos.
En este modelo, la única forma de remunerar los ahorros, sería que el ahorrista los arriesgue directamente mediante en proyectos de inversión, sin respaldo estatal.
Encajes récord y financiamiento forzado
La medida técnica significa que, de cada 100 pesos depositados, más de la mitad queda congelada en el Banco Central o colocada en bonos públicos. El resultado es un “crowding out” manual: empresas y familias quedan desplazadas del crédito, las pymes enfrentan tasas imposibles y los bancos ven evaporarse su rentabilidad.
El trasfondo es político: asegurar la licitación de deuda de estas semanas y evitar que los pesos presionen sobre el dólar en medio de la volatilidad cambiaria. Pero el costo es alto: se profundiza la recesión y se quiebra la confianza en la estabilidad regulatoria.
Un golpe a la banca
El golpe llega en un momento delicado. Según balances presentados al mercado, las utilidades de bancos como BBVA, Galicia, Santander y Supervielle cayeron hasta 80% interanual en el primer semestre. Ni siquiera las históricas supertasas compensaron el desplome de ingresos por préstamos, comisiones y valorización de activos.
El resultado es inédito: un sector al que no le suelen afectar las crisis argentinas se encuentra atrapado por la recesión y por reglas que cambian semana a semana. Los altos encajes diarios, la dolarización contenida y la morosidad creciente en tarjetas y créditos personales configuran un cóctel que erosiona balances y margina al crédito privado.
El riesgo político detrás de la “Banca Simons”
El escándalo trasciende lo monetario. La percepción en el mercado es que se improvisan medidas desesperadas y se subordina la política monetaria a la fiscal, convirtiendo a los bancos en prestamistas cautivos. A eso se suma a las denuncias de corrupción que golpean al círculo presidencial, lo que refuerza la decisión de grandes grupos económicos de frenar inversiones.
El crédito al sector privado se seca, la intermediación bancaria pierde sentido y la rentabilidad se diluye en la obligación de financiar al Estado.
Confianza en riesgo
El dinero, como se recuerda en el corazón de la actividad financiera de Buenos Aires, “no es zonzo”: huye cuando percibe inestabilidad política y desconfianza institucional. La Argentina revive fantasmas de los 80, cuando los encajes al 90% convivían con la hiperinflación, y rompe con el delicado equilibrio de confianza que había permitido cierto alineamiento empresarial al inicio de la gestión Milei.
Ni la tasa más alta ni el ajuste más duro logran compensar la falta de confianza. En la Argentina de 2025, la estabilidad política y la institucionalidad están tan maniatadas como los depósitos.