El giro monetario del siglo: America Latina también puede

Guest Post: monedas estables para mejorar la economía real

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La autora de este contenido es Paula Vigliano Co-Founder & COO de Pala Blockchain.
Su background incluye 15 años de experiencia en corporaciones como Telecom y Amex, desde donde desarrolló una visión de los procesos financieros que hoy aplica al mundo descentralizado

 

Finanzas públicas
Privados que emiten,
bancos centrales que supervisan
(¡La luz mala era fosfina!)

Una moneda digital emitida por privados, supervisada por cada banco central y respaldada uno a uno en una canasta de activos verificables puede fabricar demanda genuina de moneda local, como ya ocurre en Estados Unidos. La ingeniería existe. El único obstáculo es el miedo a lo nuevo, el mismo que en su momento despertaron la electricidad, el automóvil e Internet.

En los campos del Río de la Plata hay una vieja leyenda: la luz mala. Un resplandor que aparece de noche en los descampados y que durante generaciones se interpretó como un alma en pena, algo a lo que había que temer y de lo que había que huir. La ciencia después explicó que era fosfina: el gas que desprenden los huesos en descomposición y que se enciende solo al contacto con el aire. Nunca fue un fantasma. Era química que no sabíamos leer.

Cuento esta historia porque quiero hablar de una idea que produce el mismo escalofrío. América Latina conoce de memoria la fragilidad crónica de sus monedas y la dificultad de sus Estados para financiarse en moneda local sin emitir; Argentina es el caso extremo, pero la historia se repite en toda la región. La propuesta no tiene nada de esotérico: que emisores privados, supervisados por el banco central de cada país, pongan a circular una moneda digital que vale siempre uno a uno con la moneda local, porque cada unidad tiene detrás una canasta de activos reales y verificables: bonos del Tesoro de corto plazo, moneda local, dólares y otras monedas digitales equivalentes. Quien la usa paga y ahorra desde el celular. Es una idea vieja —el patrón oro—, solo que en lugar de oro hay una canasta auditable, y en lugar de confiar en la bóveda, cualquiera puede mirar el respaldo en tiempo real. La blockchain no acepta promesas: solo acepta saldos.

Canasta de activos

Conviene decir lo que la propuesta no es. No es una moneda digital estatal: el banco central no emite, no custodia, no abre cuentas a nadie; solo supervisa. Tampoco es una cripto sin reglas: es la regla de siempre —mismo riesgo, misma norma— aplicada a rieles nuevos, que ya rige en Europa, Estados Unidos, Singapur y Reino Unido. El resultado es una reserva privada en su titularidad, pública en su visibilidad y soberana en su supervisión.

«Lo que resuelve es enorme. Cuando esa canasta incluye bonos del Tesoro de corto plazo, la moneda —el nombre técnico es stablecoin— se convierte en una máquina de fabricar demanda genuina de deuda pública en moneda local. Es lo que hace Circle con USDC, hoy uno de los grandes compradores de letras del Tesoro estadounidense: cada usuario que tiene saldos financia, sin saberlo y sin que nadie lo obligue, deuda pública de cortísimo plazo».

Demanda real, voluntaria, atomizada en millones de personas, y —este es el punto— sin que el banco central imprima un solo billete adicional. Para economías que pasaron décadas atrapadas entre la emisión y el rollover de su deuda, es la pata que a más de un programa de estabilización le falta.

Hace poco, en un grupo de chat con empresarios —gente brillante en sus rubros—, la charla sobre blockchain navegó en minutos de la computación cuántica al consenso híbrido y aterrizó en dos sentencias lapidarias: «lo de Bukele con el Bitcoin no fue muy exitoso que digamos» y «Warren Buffett jamás invirtió en blockchain coins». Me sonreí con cariño: en dos frases había cinco conceptos mezclados.

Del miedo a la normalización

Vale la pena ordenar el tablero: la confusión es la principal barrera. Que Buffett no haya comprado Bitcoin no dice nada sobre blockchain, igual que no querer manejar no dice nada sobre el motor de combustión. Bitcoin es una de las miles de aplicaciones; blockchain es la tecnología. Confundirlos es como confundir el mail con Internet. Lo de El Salvador fue una decisión política, no un veredicto sobre la tecnología que hoy usan bancos centrales, JP Morgan, Mastercard y Visa para mover billones entre fronteras. Y un posteo de Twitter, por viral que sea, no es un dato: es un estado de ánimo.

Desconfiar de lo que todavía no entendemos es un reflejo viejo. Cuando la electricidad llegó a las casas, mucha gente respetable se negó a tenerla en el dormitorio: se advertía en serio que envenenaba el aire, dañaba la vista, debilitaba los nervios. En Nueva York, en 1888, los aliados de Edison electrocutaron animales en plaza pública para demostrar lo peligrosa que era la corriente alterna de su rival Westinghouse. Cuando aparecieron los primeros automóviles, el Reino Unido aprobó la Locomotive Act: cada vehículo debía ser precedido por un hombre con una bandera roja para advertir del peligro que avanzaba a la temible velocidad de seis kilómetros por hora. Y en 1995 Newsweek publicó una columna hoy legendaria, «¿Internet? Bah», que explicaba con total seriedad por qué la red nunca reemplazaría al diario, al negocio físico ni al contacto humano.

Cada vez es el mismo guión: primero el miedo, después la burla, después la normalización. Nadie discute la electricidad; discutimos la tarifa. El miedo no desaparece porque la tecnología se vuelva inofensiva: desaparece porque la entendemos, la regulamos y la incorporamos a la vida normal. Con la inteligencia artificial y blockchain estamos en ese momento incandescente.

Me imagino la cara de más de un lector. Entiendo el reflejo de desconfianza, sobre todo en quienes vienen de otros rubros. El miedo al cambio es humanísimo y muchas veces sano. Pero en cada revolución hubo dos tipos de líderes: los que se quedaron discutiendo si la electricidad envenenaba el aire, y los que cablearon su fábrica primero. La diferencia casi nunca estuvo en el coraje, sino en haberse tomado el trabajo de entender antes de opinar.

La pregunta, entonces, no es si blockchain y la inteligencia artificial son peligrosas. Toda tecnología poderosa lo es mientras no la entendemos. La pregunta es si vamos a llegar a tiempo a escribir las reglas, o si vamos a heredar las que escriben otros, en otro idioma y para otros intereses. A los que todavía sienten ese cosquilleo de desconfianza les propongo lo mismo que la historia le propuso a cada generación asustada: no le huyan a la luz mala. Acérquense, pregunten, entiendan que casi siempre es fosfina. Lo que brilla en la oscuridad no es un fantasma. Es, otra vez, el futuro abriéndose camino. Y eso es imparable.

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