El crecimiento del dinero digital y el avance regulatorio están reconfigurando la infraestructura financiera.
En ese escenario, Interledger apuesta por un estándar abierto para conectar redes de pago fragmentadas
El dinero digital está creciendo a un ritmo sin precedentes. Las stablecoins superaron en volumen de transacciones a Visa y Mastercard combinados en 2024. La regulación está llegando: la GENIUS Act ya es ley en Estados Unidos, y MiCA está plenamente vigente en la Unión Europea desde finales del año pasado. El ecosistema está madurando.
Y sin embargo, hay una pregunta que todavía no tiene respuesta clara: ¿cómo va a fluir el valor entre todos estos sistemas?
Es la pregunta que lleva años intentando responder la Interledger Foundation, la organización detrás del Interledger Protocol (ILP). Jessica Thurlbourn, Directora de Comunicaciones de la fundación, lo resume así: «el problema central no es la falta de innovación, sino la ausencia de formas estandarizadas para que los sistemas se conecten e intercambien valor eficientemente”.
El TCP/IP del dinero
La analogía que usa Interledger para explicar su propuesta es precisa y vale la pena detenerse en ella: ILP como el TCP/IP del dinero.
Los protocolos de Internet resolvieron un problema de coordinación enorme. Antes de su adopción, distintas redes computacionales operaban de forma aislada, incompatibles entre sí. TCP/IP no reemplazó a ninguna red: creó una capa neutral que permitió que todas se comunicaran. El resultado fue Internet tal como la conocemos.
Interledger Protocol propone la misma lógica para pagos. No reemplaza a ninguna red financiera ni impone un ledger compartido. Actúa como capa de enrutamiento que permite que el valor se mueva entre distintas infraestructuras, incluyendo stablecoins de distintos emisores y redes, sin fricciones de integración. Para una institución financiera o un emisor de stablecoins, eso significa poder operar más allá de su ecosistema nativo y conectarse con el sistema financiero global.
La decisión de construir ILP como protocolo abierto y gratuito, y no como infraestructura propietaria, responde a una lógica de diseño: los sistemas cerrados limitan quién puede participar y fragmentan el flujo de valor. Un estándar abierto permite que cualquier red se conecte sin depender de un proveedor único.
Lo que Pix y Bre-B ya demostraron
El argumento no es solo conceptual. Hay evidencia empírica de lo que la interoperabilidad produce cuando está bien diseñada.
Brasil con Pix y Colombia con Bre-B son dos casos que Ostrin menciona como referencia. En ambos, la interoperabilidad no fue un agregado posterior sino una condición de diseño: la capacidad de mover valor entre distintos proveedores y plataformas bajo estándares compartidos. El resultado, en el caso de Pix, fue una transformación concreta en la forma en que personas y empresas mueven dinero a escala.
Lo relevante de estos ejemplos para el ecosistema de activos digitales es que ilustran algo que la conversación sobre stablecoins a veces olvida: la velocidad de una red individual no es lo mismo que la eficiencia del sistema. La eficiencia real, especialmente en pagos transfronterizos y remesas, depende de la capacidad de conectar sistemas distintos, no solo de optimizar uno.
El momento regulatorio y la pregunta que abre
La regulación de stablecoins está avanzando en múltiples jurisdicciones simultáneamente, y cada una con su propio modelo. La GENIUS Act define qué es un “payment stablecoin”, quién puede emitirlo y bajo qué reservas. MiCA establece un libro de reglas unificado para los 27 estados miembros de la UE, con requisitos de reserva, auditoría y transparencia. Hong Kong aprobó su propia ordenanza en mayo de 2025. Singapur, los Emiratos Árabes y Japón tienen sus propios marcos en distintas etapas de implementación.
El patrón común es el avance hacia mayor claridad y supervisión. Lo que estos marcos no resuelven, al menos no todavía, es cómo van a interactuar entre sí.
Desde Interledger, Ostrin plantea que un protocolo como ILP puede actuar como capa técnica neutral frente a esa diversidad regulatoria. No reemplaza las obligaciones locales ni impone uniformidad: permite que sistemas que operan bajo distintas reglas se comuniquen sin necesidad de convergencia regulatoria global. La GENIUS Act, de hecho, incluye una disposición sobre estándares de interoperabilidad que encomienda a los reguladores evaluar y potencialmente prescribir estándares para los emisores de stablecoins, aunque los detalles de implementación están aún por definirse.
La pregunta que queda abierta para la industria es de arquitectura: ¿el ecosistema de activos digitales va a construir su infraestructura de conectividad antes o después de que la fragmentación se consolide?
La regulación está llegando.
El capital llegó.
Lo que todavía está en disputa es el diseño: si el ecosistema de activos digitales va a ser una red abierta donde el valor fluye libremente, o una colección de plataformas que se toleran sin conectarse. Esa decisión se está tomando ahora.





