- Los intentos de fraude cayeron en México, Argentina y Uruguay, pero los deepfakes crecieron un 484%. Los países donde más cayó el fraude general son, en varios casos, exactamente los mismos donde más creció el fraude sofisticado
- La nueva forma en que debería leerse el riesgo en América Latina
Hay un número que tranquiliza a los equipos de riesgo más que cualquier otro: la tasa de fraude. Si baja, el modelo funciona. Si baja sostenidamente, el trabajo está hecho. Es el indicador que se lleva a los directorios, el que aparece en los reportes de compliance y el que justifica o cuestiona inversiones en tecnología de verificación.
El problema es que ese número está dejando de decir lo que creíamos que decía.
Los datos del Informe sobre Fraude de Identidad 2025-2026 de Sumsub, elaborado sobre más de 4 millones de intentos de fraude analizados en la región, revelan un patrón que debería incomodar a cualquier equipo de riesgo en América Latina: los países donde más cayó el fraude general son, en varios casos, exactamente los mismos donde más creció el fraude sofisticado.
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SUMSUB
El caso México es el más elocuente. La tasa de fraude descendió un 32% interanual. Por cualquier métrica tradicional, eso es una victoria. Pero en el mismo período, los intentos de fraude mediante deepfakes crecieron un 484%. No es un error tipográfico. Es casi quíntuple. Lo que desapareció fueron los intentos burdos, los que los sistemas actuales ya detectan sin esfuerzo. Lo que creció fue otra cosa.
Argentina sigue la misma lógica. La tasa general cayó un 20% tras el endurecimiento regulatorio en torno a la incorporación de tecnologías financieras. Un resultado que, en superficie, valida la política. Pero los deepfakes crecieron un 66% interanual. Venezuela bajó un 19% en fraude general; sus deepfakes casi se duplicaron. Surinam es el caso más extremo: el fraude total se redujo un 71%, mientras que los deepfakes se cuadruplicaron, con un crecimiento superior al 400%.
El patrón es consistente y tiene una explicación mecánica clara.
Por qué baja el volumen y sube la sofisticación
Las plataformas de verificación mejoraron. Las defensas de incorporación se volvieron más robustas. Eso es real y es un avance. Pero el efecto no fue eliminar el fraude, sino seleccionarlo. Los atacantes que operaban con falsificaciones documentales toscas, con ediciones de imágenes evidentes, con intentos repetidos desde el mismo dispositivo, encontraron que sus métodos dejaron de funcionar. Muchos abandonaron. Los que quedaron son los que tenían o encontraron herramientas mejores.
Lo que el informe llama «la evolución de la sofisticación» es exactamente eso: un proceso de selección natural dentro del ecosistema del fraude. Las defensas más fuertes no erradicaron a los atacantes, filtraron a los menos capaces y dejaron operando a los más sofisticados. Y esos atacantes hoy tienen acceso a herramientas que hace dos años no existían a escala: generadores de video sintético, identidades digitales construidas desde cero, sistemas capaces de imitar microexpresiones faciales con suficiente fidelidad como para superar controles biométricos.
El fraude de identidad sintética en América Latina se triplicó en un año. Los estafadores no roban identidades, las fabrican: nombre, dirección, fecha de nacimiento, selfie. Todo generado. Todo coherente. Todo diseñado para pasar los controles de incorporación que fueron pensados para detectar documentos alterados, no personas que nunca existieron.
Lo que el tablero de riesgo debería mostrar (y probablemente no muestra)
La tasa de fraude agregada mide intentos detectados sobre total de verificaciones. Es un indicador de volumen. No mide la calidad del ataque, no mide la proporción de intentos que usan técnicas de IA generativa, no mide cuántos solicitantes aprobados están vinculados a redes organizadas de fraude.
En Uruguay, por ejemplo, la tasa general es relativamente baja. Pero el 7% de los solicitantes aprobados estaban vinculados a redes de fraude, una de las cifras más altas de toda la región. El sistema aprobó lo que debía rechazar, y la tasa de fraude no lo capturó.
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Para la industria financiera, esto tiene una implicancia concreta: las métricas que hoy rigen las decisiones de inversión en prevención, las que determinan si un proveedor funciona o no, las que se presentan en los comités de riesgo, pueden estar dando señales equivocadas en un momento en que equivocarse es más caro que nunca. Cada intento de fraude exitoso hoy representa más preparación, más recursos invertidos por el atacante y, por tanto, un daño potencialmente mayor.
Bajar la tasa de fraude sigue siendo necesario. Pero leerla como indicador suficiente, en 2025, es un riesgo en sí mismo.
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